dimarts, 17 de maig de 2011

UN PEQUEÑO MILAGRO EN LA AMAZONIA.




Llevábamos varias horas navegando, la lluvia tropical se había volcado sobre nuestros botes con inusitada violencia una y otra vez,  sin apenas respiro, a lo largo de toda la tarde y estábamos, a pesar de las capelinas, absolutamente empapados de la cabeza a los pies. No, no hacía calor, más bien el frío acrecentado por una humedad pegajosa,  me hacía castañear los dientes de vez en cuando.





Ciertamente, la "divertida" excursión por aquel pequeño afluente del Amazonas, había dejado de serlo tras cuatro o cinco horas de exposición a los elementos.  La posible recompensa de poder ver unos cuantos cocodrilos en vivo y en directo, ya hacía mucho rato que apenas  me motivaba  y menos aún, viendo la cara de sufrimiento que muchos de los que me acompañaban en el bote, llevaban puesta como una rígida máscara. Además se estaba haciendo de noche y los esfuerzos de nuestros guías no obtenían más resultados que un fracaso tras otro.




En el momento en que las luces del día y de la noche se igualaron, centenares de  murciélagos de considerable tamaño, volaron como una gran bandada a nuestro alrededor, dirigiéndose a su lugar de descanso nocturno, o al revés, de avituallamiento, ciertamente fueron unos momentos impresionantes no exentos de algo de desazón, largos son los dedos de Bram Stocker pues hasta allí, en medio de aquel paraíso, llegaban.
Lentamente, la oscuridad se impuso y aunque la lluvia cesó, momentáneamente,  la sensación de frío aumentaba hasta hacerse realmente molesta, en aquel invierno amazónico.  La constante cacofonía algo caótica producida por los graznidos de cientos de aves compitiendo  a viva voz, con las de decenas de monos de diversas especies, nos fue dando un respiro, conforme se iba haciendo de noche. 
A la luz de los focos que nuestros guías aguantaban heroicamente en la proa del bote, cientos de insectos aparecían fugazmente iluminados para ser absorbidos apenas unos instantes después por la oscuridad, algunos de ellos –según nos explicaron- eran realmente peligrosos y su picada muy dolorosa, incluso en una ocasión dejó caer el foco para deshacerse  con gestos violentos de uno de los más peligrosos que atraído o deslumbrado quedó atrapado en alguna parte de su cuerpo.
Volvió la lluvia torrencial, mientras nuestro bote recorría millas y millas, en ríos cada vez menos profundos, sorprendiéndonos de vez en cuando desagradablemente con el abrupto roce con alguna piedra sumergida, o  con el golpeteo lateral de algún tronco a la deriva.
Quizás en el momento más duro, cuando las fuerzas – y la paciencia- empezaban a  acabárseme, deseando con todo mi corazón que la “excursión” finalizase,  se produjo uno de los espectáculos más maravillosos a los que he asistido en mi vida y que guardaré con gratitud para siempre en mi memoria.  
¿Habéis visto la película “Avatar” de James Cameron? (que por cierto no puedo por menos que recomendar).¿Recordáis el recorrido nocturno en solitario que el inexperto marine ya convertido en Na’vy hace por Pandora? ¿Recordáis la bioluminiscencia que se extiende por aquel inmenso bosque que es Pandora?  Veamos algo que nos lo pueda recordar:



Pues aunque os cueste creerlo, de repente aquellas imágenes se reprodujeron ante nuestra vista, causándome una enorme admiración… evidentemente sin todos aquellos efectos especiales, ¡claro está! . En un largo trayecto quizás de cuatro o cinco minutos, miles, quizás decenas de miles de luciérnagas iluminaron las orillas del rio a ambos lados del bote, la selva nocturna pareció tomar nueva vida, dándole un toque mágico, irreal, quizás me atreva a calificarlo de sobrenatural. 



Extraños parpadeos luminosos de un amarilloverdoso, latidos de fuegos fatuos que parecían sincronizarse los unos con los otros ahora aquí, más adelante allá,  allí destellos de fuerte intensidad, o largos desplazamientos por el aire, escribiendo en la noche enigmáticos mensajes con extraños alfabetos sinuosos,  ilegibles. 



Además el desplazamiento a una cierta velocidad del bote, cortaba trayectorias de uno a otro lado, por arriba, creando ángulos imposibles que resaltaban en la oscuridad y permanecían aún cuando la vista ya no los viera.
Me he arrepentido mil veces de no haber filmado – o por lo menos fotografiado-  aquellos momentos, pero con la que estaba cayendo no me atreví a sacar la cámara de la bolsa, pero después…  aunque he buscado en la red no he sabido encontrar casi nada que pudiera servirme para rememorar aquellos momentos, salvo quizás los siguientes:








Así que el hermano mayor – en la selva todo es mucho mayor en tamaño y en abundancia- de un pequeño insecto que no hace mucho era frecuente en nuestros jardines –la contaminación lumínica, entre otras cosas, es la causante de la reducción de éstos “bichitos”-   como son las luciérnagas, es el responsable de uno de los acontecimientos naturales más bellos de los que he sido testigo.

                                         
                                            Hembra



                             Macho

¿Y que tiene de particular la Luciérnaga? Pues que como algunos otros animales y plantas emite una luz propia que llamamos bioluminiscencia y que está ocasionada por una substancia química llamada “luciferina”(¡), 





según la wiki: “Luciferina es una clase de pigmento responsable de la emisión de luz en algunas bacterias, algas, hongos y animales (bien por contener este pigmento, bien por tener bacterias endosimbióticas que lo tienen). Un ejemplo es la luminiscencia de las luciérnagas. Estos pigmentos son el sustrato de enzimas denominadas luciferasas , que llevan a cabo la descarboxilación oxidativa de luciferina (usando oxígeno (O 2), lo que causa la producción de luz”.



Y es que las cosas pequeñas que también forman parte de nuestro planeta y que están presentes en nuestro día a día aunque a menudo pasen desapercibidas son absolutamente fascinantes. El reto de éste blog y el de tantos otros amantes de la Naturaleza, es acercar ese mundo diminuto a las personas que apenas lo conocen, para que así aprendamos a respetarlos y si es posible a amarlos.
Como homenaje a aquellas luciérnagas amazónicas que consiguieron por unos momentos hacerme olvidar del frio, de las incomodidades y del cansancio os propongo dar una mirada a unos cuantos de éstos vecinos desconocidos, poseedores de una belleza ajena a nuestros habituales cánones y gustos, capaces de despertar incluso temores a aquellos que no sepan ver más allá de las apariencias.




La fotografía de aproximación, o macrofotografía es una herramienta excelente de conocimiento de ese mundo diminuto y como nos aconsejan los aficionados a ella nos aconsejan: “El respeto total a la naturaleza debe estar siempre por encima del resultado que perseguimos. Por ello desde aquí insistimos en trabajar con el mayor cuidado posible para no dañar o poner en peligro a las especies que vamos a fotografiar. Aquí el fin no justifica los medios”.
A continuación os dejo una presentación con alguna de las macrofotografías que me han parecido más bonitas, sobre una multitud de esos vecinos con los que compartimos el espacio, el agua, el aire y la tierra,



Bueno, como siempre, espero que os sea interesante.