diumenge, 18 de febrer de 2007

RUTES AMB EL COR IV

LES DAMES D'AIGUA


Hoy 18 de febrero (2006) he cumplido los 53 tacos, supongo que como a todos nos sucede, no soy en absoluto consciente de mi edad... sí, evidentemente, sé los que tengo, pero no consigo verme a mi mismo como un adulto, más cercano a la vejez que a la juventud, aún me asalta de vez en cuando aquel pensamiento de la adolescencia de “que seré cuando sea mayor” y sin darme cuenta... van pasando las edades de la vida... pero bueno no es de eso de lo que os quería hablar hoy.
Aunque no lo tenía en absoluto previsto, una serie de circunstancias me han permitido salir a dar una vueltecita por los alrededores de casa... llevaba tiempo pensando en hacer una excursión a un par de lugares cercanos en los que según nos cuenta la tradición aún se guarda memoria de antiguos cultos a la Diosa Madre...

Y sin dame tiempo a reconsiderarlo, he cogido la cámara, me he vestido de romano –menos las botas de enduro que se estaban secando del último vadeo- y montado en Llibertad!,





me he dirigido hacia Sant Hilari Sacalm, tomando la carretera hacia Coll de Ravell, desde allí por la carretera que va a Els Cortals, al Plà de les Arenes para iniciar el sinuoso descenso hacia Sant Hilari, he atravesado el pueblo por los barrios exteriores, para tomar la carretera que va hacia Osor y Anglés...

Carretera – en rojo en el mapa- preciosa donde las haya, por su trazado y vistas sobre la Riera d’Osor, aunque peligrosa por los humedades en las zonas más umbrías y por que no decirlo, por los flipaos que imitan día si, día también, a sus corredores de rallyes preferidos, pues no olvidemos que el prestigioso Rally Catalunya, pasaba por esta carretera tradicionalmente...

Unos cinco Kms. Más adelante, hay un desvío en donde nace una pista forestal de dificultad media, media-alta( en lila en el mapa) que pasando por el Mas el Soler, refugio y cuartel general de los Carlistas en la Catalunya interior durante las Guerras del S.XIX se interna por los frondosísimos bosques de robles, hayas y castaños que caracterizan a la preciosa comarca de las Guilleries y que ya han sido fotografiados ampliamente en otros posts...


Hay que destacar, por si alguno de vosotros quiere hacer esta Ruta, con más tiempo del que yo disponía en ésta ocasión que no deje de ver el Cerezo del Soler, uno de los más grandes de Catalunya, así como el Pi del Soler, árbol monumental de enormes proporciones, y un Sequoya notable, hay que pedir permiso a los masovers para recorrer la finca por caminos particulares, pero no suelen poner problemas.


Contrariamente a lo que me esperaba, durante los últimos días a seguido lloviendo y nevando por lo que la pista estaba, en algunos tramos, bastante peor de lo que habitualmente suele estar.
No obstante, no era cuestión de rendirse y con todas las precauciones del mundo he conseguido seguir adelante...

Atravesando frondosos –aunque pelados- bosques de hayas, robles, abetos y castaños he conseguido llegar a mi primer objetivo, la Font del Soler y el Gorg del mismo nombre...

En éste escondido agujero entre las rocas, tiene su manantial el pequeño arrollo que da lugar unos cuantos metros más abajo al:

Gorg del Soler, un pequeño remanso de aguas cantarinas y cristalinas, en las que las truchas nadan apacibles y en donde en ocasiones, en los calurosos meses de julio y agosto me vengo a refrescar, acompañado de mi tambor, de un buen libro, o sencillamente, a dejarme adormilar arrullado por el rumor del agua y de la brisa entre los árboles.

La comarca de les Guilleries, es un territorio excepcional, de bastas extensiones de bosques, escasamente poblada, con pequeños masos dispersos aquí y allá, gran abundancia de fuentes y manantiales. Forma parte de eso que los de la capital, llaman la Catalunya profunda, muy ligada a las tradiciones ancestrales y a las costumbres de una “pagesia” que siempre ha visto con recelo, la excesiva industrialización y modernización...

He de deciros, que dadas las específicas condiciones orográficas y su alejamiento de todo, las tribus ibéricas y celtas, pudieron seguir llevando con cierta independencia sus tradicionales formas de vida durante los siglos de romanización, de manera que la zona comprendida entre Sant Hilari Sacalm, Espinelves, Viladrau, Anglés y Vilanova de Sau, fue un auténtico santuario, donde los druidas llevaron a cabo sus especiales rituales y creencias, hasta la irrupción de Eurico, el Rey de los Visigodos, quien consiguió someter a los Begaudes, pues así –creo recordar- era como se llamaban los pobladores de la región.

En muchas de las casas de la zona, así como gravadas en las rocas un poco por todas partes, podemos encontrar éste símbolo universal que se conoce con el nombre de “Flor de Vida” y que nos retrae a los antiguos cultos a la Madre Tierra:

Mucho antes de la penetración de los dioses solares, de origen indo-ario, traídos por los conquistadores, fenícios, cartagineses, griegos y romanos, entre otros, los antiguos pobladores de Europa, mantenían unas creencias religiosas basadas en el culto a la Madre Tierra, a los fenómenos de la naturaleza, a los antepasados, animismo y otras manifestaciones se mezclaban, configurando lo que Marija Gimbutas y otros especialistas, han llamado la Religión de la Antigua Europa y que podría ser sintetizada, como el Culto a la Madre Tierra y que tiene su forma de expresión más reconocida por la proliferación de las Venus, no sólo paleolíticas, sino incluso neolíticas. Esa religión queda magníficamente reflejada en la obra de Robert Graves: “La diosa blanca”, que por cierto me atrevo a recomendaros.

La expansión de las religiones patriarcales, especialmente la romana –la de los dioses capitolinos- y posteriormente el cristianismo, conllevó una durísima persecución que obligó a la desaparición de los antiguos cultos, si bien, siguiendo el principio del eclecticismo, sobrevivieron, tras la apariencia de mitos y leyendas que se han mantenido, casi, hasta nuestros días... como ya vimos en los post dedicados a las brujas de la comarca.

Uno de esos mitos y leyendas, es el de la existencia de las “Dames o Dones d’Aigua”, conocidas también por otros muchos nombres, aunque el más general es el de Ninfas. En la mitología griega, una ninfa es cualquier miembro de un gran grupo de espíritus femeninos de la naturaleza, a veces unidos a un lugar u orografía particular. Las ninfas solían acompañar a varios dioses y diosas, y eran con frecuencia el objetivo de sátiros lujuriosos. Las ninfas son las personificaciones de las actividades creativas y alentadoras de la naturaleza. La palabra griega νύμφη significa "novia" y "velado" entre otras cosas; es decir, una mujer casada y, en general, una en edad casadera. Otros hacen referencia a esta palabra (y también a la latina nubere y a la alemana Knospe) como una raíz que expresa la idea de "crecer" (según Hesequio de Alejandría, uno de los significados de νύμφη es "capullo de rosa").

El hogar de las ninfas está en las montañas y arboledas, en los manantiales y ríos –especialmente en las ollas, pozas o “gorgs”-, en los valles y las frías grutas. Con frecuencia son el séquito de divinidades superiores: de Artemisa la cazadora, de Apolo el profeta, del “juerguista” y dios de los árboles Dionisio, y también de dioses rústicos como Pan y Hermes, dios de los pastores.

Versión de las Ninfas, del pintor norteamericano Lothmann.

Cuentan que en el Gorg de El Soler, en las noches de plenilunio es posible observar a las Dones d’Aigua, jugando en el agua, peinándose y embelleciéndose. Se cuenta entre los nativos del lugar, un mito o leyenda muy semejante al del heredero Perarnau en Riells de Montseny, según esa leyenda la prosperidad y riqueza de los propietarios de El Soler, se debe a una antigua y fructífera relación del heredero de esa casa con una Ninfa, Dama d’aigua, Aloja, o Goja. Cuentan, en todos los casos la historia parece ser la misma, aunque el final pueda variar, como veremos si comparamos ésta con la de Gualba en el post siguiente, que una tarde el heredero Perarnau sorprendió el reposo de una “goja” – otro nombre de les Dones d’Aigua”, que asustada, se zambulló en un gorg. Enamorado por la visión de aquella belleza fugaz, el heredero volvió al lugar cada día y le declaró su amor a la goja. Se casaron con tal que él no le recordara nunca que era una Dona d’Aigua, tuvieron una hija y fueron felices hasta que, un día del mes de mayo en que el heredero estaba fuera, la goja apresuró a unos jornaleros a que segaran un campo de trigo. Ellos protestaron porque todavía estaba verde, pero la ama de la casa los obligó a segar antes de tiempo. Cuando el heredero volvió se enrabió tanto que le dijo: "Qué sabéis de cosechas, vosotras, las goges!" .La mujer desapareció al instante –se dice que por un rayo- formándose una terrible tormenta que malogró todas las cosechas.

El heredero Perarnau comprendió entonces que su mujer había anticipado la siega por salvar algo y no perderlo todo. Cuentan que por las noches la goja volvía a escondidas a la casa para peinar y acunar a su hija, pero cuando el heredero Perarnau lo quiso presenciar, madre y hija desaparecieron por siempre jamás.

Esta fábula está sacada de las historias y leyendas de Riells de Montseny reunidas por Jordi Collell y Carme Escudé con el título "El decir de la gente". Ilustra perfectamente que una goja, “conocida también como aloja o mujer de agua, es una hada, una ninfa bellísima, huidiza y enigmática que vive en lagos y ríos”, según la definición de Mossen Cinto Verdaguer, quien recogió la voz del pueblo y la incorporó a sus poemas, especialmente a "Canigó".

También lo hizo Eugeni d’Ors a "Gualva, la de mil voces". Como explicaré más detalladamente en el siguiente post. Quizás era la misma goja que sedujo el heredero Perarnau y al del Mas el Soler que todavía debe rondar por los manantiales y riachuelos, a ambos lados de Las Agudas del Montseny.

Dejamos el Gorg del Soler y seguimos nuestra ruta, a través de bosques y más bosques

preciosos a esa luz del medio día invernal, observando otros saltos de agua de gran belleza

Como éste salto de la Riera de Más Clave, que aún mantiene una buena capa de hielo...

Llegando hacia las 13 horas a Sant Hilari, para hacer una rápida comida –bocata de lomo y queso y lata de cocacola en el Bar La Báscula, muy recomendable, si es que hay mesa libre- y continuar más tarde, hacia Arbúcies, Hostalric, Gualba de Dalt, muy cerca de Sant Celoni, para acercarme al Gorg Negre...

A la salida de Sant Hilari, en dirección Arbúcias, pude observar el territorio que me tocaría recorrer, me encantan éstas vistas panorámicas, en las que se aprecia bien a las claras lo pequeño que es nuestro país...



Pues sobre la 15,15 he llegado a Gualba de Dalt, pequeño pueblo en las estribaciones sudeste del Montseny. Rodeado de urbanizaciones de aquellas que se hicieron por toda Catalunya en los años 60-70, el pueblo mantiene pocos atractivos, aparte de la Plaça Major con sus enormes plátanos y su Iglesia Parroquial...


A la salida del pueblecito hay una pista que conduce a l’Espai Natural del RACC, un lugar digno de verse, aunque me molesta ver convertida una zona natural en un Temàtic Park de fauna y flora del Montseny, supongo que son los inconvenientes del “progreso”...

Cruzando un pequeño puente hacia la izquierda, hay una pista que sube hacia las antiguas minas y las actuales centrales hidroeléctricas que aprovechan la energía producida por el desnivel existente entre el Pantà de Santa Fe que podéis ver en el post “Los colores del otoño en el Montseny”, nosotros seguiremos por la pista más amplia, por la que circulan incluso vehículos normales –no 4x4-, hasta una distancia aproximada de 9 Kms. La pista se encuentra en buen estado y no había más que un par de lugares con barro. Al lado de la pista, hay un recorrido de BTT precioso que sigue la orilla de la Riera de Gualba, en la que se pueden encontrar lugares como éste:


Para llegar al Gorg Negre, hemos de dejar la moto unos 150 metros antes, a pié de carretera, y coger un senderillo que se encuentra bien señalado... Imagino que con una moto de trial, o un conductor mucho más experto que yo, podría llegar casi hasta pie del agua, pero es que os quería enseñar un par de cosas que se os pasarían de largo.

Con anterioridad, ya os hacía referencia a las relaciones existentes entre éstos mitos y la caza de brujas... Gualba y el Gorg Negre, no escaparon de esa relación... Se cuenta que por las cercanías de Gualba habitaban diversas brujas, responsables según se decía, de las numerosas tormentas, granizadas y otros fenómenos atmosféricos, que asolaban a los aldeanos... Una de las familias que vivían en un Mas cercano al Gorg, empezó a ser sospechosa, entre otras cosas porque del matrimonio sólo sobrevivían las hijas... Después de una temporada especialmente aciaga, en la que se perdieron varias cosechas, las voces de los vecinos fueron subiendo de tono, encontrando en la susodicha familia la causa de todas sus desgracias. El clamor popular llegó al extremo que el párroco tuvo que organizar una caza en toda regla, después de una misa de Te Deum, con toda la solemnidad, se organizó una procesión de todo el pueblo que saliendo de la Iglesia con antorchas se dirigió a la casa de las inculpadas, con intención de deshacerse de semejantes servidoras del demonio. El padre viendo venir la comitiva y conociendo las intenciones, les salió al paso, pero fue muerto a bastonazos por los honrados, devotos y cristianísimos vecinos, pero esos escasos momentos, permitieron a la madre y a sus hijas huir de su casa e internarse en el bosque, iniciándose una terrible persecución nocturna.

Las perseguidas tuvieron la mala suerte de precipitarse por el salto de agua que va a dar al Gorg Negre... Evidentemente sus perseguidores no dieron con sus cadáveres, por lo que el sacerdote ordenó colocar dos cruces en las dos colinas que limitan el salto... Una de ellas ya no existe, la otra:

continúa allí para impedir, con la divina protección que esas malditas brujas puedan abandonar el Gorg Negre y seguir con sus malefícios... Los aldeanos cuentan, que en las noches de plenilunio se ven luces en lo más profundo del Gorg, e incluso, cuando ni el viento más suave hace oscilar las hojas de los árboles, se oyen las risas y las extrañas e incomprensibles palabras que las cinco mujeres siguen pronunciando...

Dejando de lado el tema de la brujería, volvamos a las Damas d’Aigua y el Gorg Negre, de hecho el lugar es espectacular:




Veamos como es el mito referente a las Dames d’Aigua del Gorg Negre.

Una vez, tiempo era tiempo, en Can Prat había un amo poderoso que gobernaba con inteligencia tierras, espesores y rebaños. Todo el mundo es sabedor, por aquella comarca del Montseny, que Can Prat es una casa antigua que tiene más de quinientas cuarteras de bosque y ciento noventa de tierra campa y prados frescos. En aquella época, además, le hacían censos de dominio doce “masos” (casas) pequeños y dispersas por la montaña, poseía otros siete masoveries que habitaban buena gente labradora. Al amo de Can Prat le gustaba, a veces, de andar por los robledales. Conocía lo que quiere decir el viento cuando pasa por la cumbre de los chopos.


Observaba el ladrar de los perros, a la hora vespertina, entre los alcornoques y los aulets – pájaro que canta al anochecer- o el tintineo a penas audible, del rebaño que va hacia el redil. Como que era un hombre al que le gustaba caminar, a menudo se le hacía por la noche más allá de los dos cerros que lindaban su propiedad y, todavía arriba y arriba, subía- con paso firme-, bajo el cielo de luz imprecisa, por abruptos caminos hasta el Valle de Santa Fe, dónde se encontraba en la gran penumbra. Un día, pues, haciendo una de estos paseos al anochecer, sucedió que el amo de Can Prat llegó al mismo Gorg (Olla, Poza de un río) Negre, de aguas insondables, cuando era ya medianoche de un plenilunio total y clarísimo.

El gorg estaba quieto y exánime. Ni una hebra de aire susurraba por entre el ramaje de los mimbres. Ni rumor de animal alguno. Ni otra chispa de luz que no fuera el esplendor del astro nocturno que lo llenaba todo, había algo de pesadumbre y extraño en el ambiente y, con algo de fatiga en las piernas tras las largas horas de paseo, el amo de Can Prat fue a sentarse justo al lado del agua, sobre una piedra inclinada.

Entonces, primero confusamente, y después nítida y precisa, apareció, medio sumergida en el líquido del gorg, la figura maravillosa de una mujer desnuda que, lenta y ensimismada, se peinaba la cabellera, rubia como el oro, con un peine fulgurante.


El amo de Can Prat no había visto nunca una perfección como aquella, ni tampoco hay palabras para explicarla. Ningún hombre no habría podido resistir tal turbadora belleza. Lánguidamente, la mujer, con los brazos bien levantados, se pasaba el peine mientras, bajito, iba cantando no sé qué maravillosa melodía. Y los ojos!: verdísimos, tiernos y acariciadores, pero lejanos, lejanos como si todavía contemplaran, por entre la oscuridad del bosque, un país de seguras y perfectas formas.

De pronto, la mujer lo miró fijamente y, en aquel instante preciso, él comprendió que la quería como nunca había querido a nadie y que su destino quedaba uncido al de ella, sin remedio. Y era deseo y era contemplación y voluntad y orgullo y audacia lo que sentía admirando aquella cara adorable y el cuerpo provocador.

El amo de Can Prat le preguntó cómo se llamaba, pero la mujer, sin dejar de mirarlo, no contestó. Y se dice que, durante un buen rato, el amo le iba haciendo preguntas y ella sólo lo observaba con sus ojos de esmeralda joven sin decir ni una palabra, pero que, al final, llegó un momento en qué, tímida y calmosa, explicó que era doncella de río, no era mortal, pero tampoco inmortal y que obedecía una ley de vida y costumbres bien diferentes de los humanos; que su abrazo, en aquel lugar tan precioso acontecía peligrosísimo porque normalmente se ahogaban los hombres que por el plenilunio la querían conseguir. También se dice que la voz de la mujer vibraba como el sonido de una campana marina y que su acento recordaba modulaciones de otro mundo, quizás de aquel que algunos han conocido en una existencia feliz y primitiva.

Fue un charla de amor la de aquella noche singular. El hombre, prisionero del lugar y de la hora, pidió a la ninfa, con insistencia, que aceptara ser su esposa y le ofreció compartir la casa, la tierra y la riqueza que él tenía por toda la comarca, como prenda de su voluntad.

Ella, pero, sentía congoja de dejar la somnolienta protección del lugar dónde había sido engendrada y de adentrarse en una nueva vida que desconocía del todo. Había sentido hablar de la inconstancia de los humanos, de sus desequilibrios y rudeza, de la codicia desordenada. No obstante, también había en aquella mujer de agua un cansancio de la fría certidumbre de su medio vital y, por otro lado, se daba cuenta que el hombre que tenía en frente le gustaba mucho, de forma que, en conclusión, acordó casarse con la única reserva -que fue confirmada y jurada allí mismo por el amo de Can Prat- que nunca, bajo ninguna circunstancia, ni por ninguna razón, él no le recordaría, ni en público, ni en privado, el origen fluvial de donde ella procedía, ni tampoco la escarnecería con palabras ni expresiones que concernieran a su origen.


Y fue de este modo – según nos dicen- que la mujer de agua llegó a ser señora de Can Prat, legítima y amante esposa, sensata consejera, dispuesta y respetada propietaria, junto con su marido, de mucha prosperidad y que hicieron aumentar el poder de la familia hasta el punto que el nombre de Prat de Gualba, resultó altamente considerado en el palacio del mismo conde de Barcelona y, por todo el Mediterráneo, en todas las tierras, islas y consulados de Catalunya. También me han explicado como cosa cierta que del matrimonio nacieron dos hijos, un niño y una niña, los cuales guardaban gran parecido de rostro con su madre y que iban creciendo firmes y espigados en medio de todo aquel bienestar.

Pasaron los años. Tras el calor, con sus esquilmos, vendría el otoño rojo: más tarde el invierno y siempre salía alegre humo del hogar de Can Prat. La primavera sorprendía con el vuelo de las aves y, el hombre y la mujer, cogidos de la mano, contemplaban los arroyos de agua fresca que caían continuamente de las montañas.




A veces, pero, en la Peña Negra, en el otro lado de la planicie donde se encontraba la casa, se refugiaba un dios mezquino que esperaba inquietamente la hora de la quiebra: un maligno genio del lugar, sin nombre ni aspecto conocidos, promotor de desgracias de toda clase y con el cuerpo de los diablos que hervían dentro las aguas siniestras; autor, quizás -quien lo sabe- de la desgracia que estaba a punto de producirse y, esto sí que es seguro, no fue extraño, de alguna manera, a lo que ahora explicaré:

Pues he aquí que un mal día, cuando el amo de Can Prat y su mujer medían una buena tierra que hacía falta preparar, empezaron a disputar sobre el cultivo que allí sería más adecuado. Le parecía al amo que seria bueno de sembrar trigo, de aquel espléndido de recoger y muy valioso al mercado. La mujer, en cambio, argumentaba en contra y decía que el terruño no era propicio y que, según ella, lo moresc (maíz) con sus exuberantes mazorcas convenía mucho más. Razones y razones de uno y de la otra fueran subiendo de tono hasta el punto que el marido, enfadado, lleno de vehemencia y olvidando el juramento que había hecho años atrás, recriminó a la mujer con grandes gritos- que resonaron por montañas y cerros- diciéndole que, al fin y al cabo, poco podía ella entender de siembras ni de añadas porque no era otra cosa que una pobre mujer nacida y sacada por él mismo del agua del río.

Lo acababa de hacer y ya se arrepentía; pero quien puede hacer volver atrás una palabra funesta? El mal ya estaba hecho. La desgracia, infalible, y roto del todo el encantamiento.

La mujer de agua, al sentir las palabras prohibidas, huyo rápidamente hacia las profundidades del Gorg Negre, sin que el amo de Can Prat pudiera pararla. Corría y corría como si fuera llevada de una ventisca siniestra, hasta que desapareció.

Él decaído, y sin ánimo, se fue hacia casa, mientras, des de la coma de Morou hasta el cerro de Berenguer Muerto, el cielo se espesaba con furiosas nubes.

Y se dice que el amo de Can Prat nunca volvió a ver su mujer; que muchas veces durante el día, se encaminaba al gorg y la llamaba; que hizo sortilegios y promesas a las deidades que gobiernan aquel lugar, sin ningún resultado; que iba y venía, frenético, de la casa al gorg y del gorg a la casa, haciendo y deshaciendo el camino, llorando como una criatura, mirando de descubrirla cuando ella no se lo esperase..., que pasaba horas y horas en una ventana de oriente de su masía mirando hacia el lugar por dónde había huido y que, por la noche, cuando la luna llena, quería salir de la casa por ir a encontrarla a la ribera del tormentoso estanque pero que, cada vez que lo probaba, le venía un sueño irreprimible y caía como un cuerpo muerto, encima del escaño del hogar y se adormecía profundamente hasta el alba.

También explican que la mujer, cuando el amo, invadido de aquella postración, no se podía dar cuenta, entraba con cautela a la masía, iba al cuarto de sus hijos y los mimaba y los besaba muy dulcemente, se quedaba un buen rato, derecha y solícita, cantando su canción y que, antes de salir, dejaba caer unas lágrimas brillantes sobre la gran mesa de castaño del comedor, lágrimas que, el día siguiente, convertidas en rarísimas perlas de gran valor, recogía, absorto, el amo de Can Prat, sin saber la procedencia.

Así fue cómo, pese a la tragedia, se fortaleció todavía más y más la pujanza de la casa durante mucho tiempo.

Extraído del libro: "Leyendas del Montseny" Martí Boada




En fín, después de recordar éstas historias, me dirigí de nuevo a la moto, cuando ya oscurecía, tomando la carretera hacia Sant Celoni, Santa Maria de Palau Tordera, Coll Formic, Seva y Viladrau...

Un perfecto día de moto que me ha parecido una forma extraordinariamente satisfactoria de celebrar mi aniversario.