dimarts, 11 / desembre / 2007

VIAJES ALREDEDOR DEL MUNDO DE BERNARDINO ROSENDO


CAPITULO I. "EL PODER DE BUDA".


Hacía mucho tiempo que buscaba éstos escritos de Bernardino Rosendo en la red, los leí mucho tiempo atrás en la revista Motociclismo, pero en aquellos momentos no pensé en guardarlos. Afortunadamente la constáncia suele tener, antes o después, su premio.

Hoy me alegro de poner algunos de ellos en éste mi blog. Seguro que los disfrutáis tanto como yo.





OCURRIO EN NEPAL, JUNIO DE 1.987.


Katmandú, la mística y romántica capital de Nepal, fue mi hogar improvisado durante algo mas de dos meses. Y digo improvisado porque así fue. Tenía previsto estar en este país tan solo unos diez días durante el recorrido que realizaba sobre mi moto de 125 c.c. desde Cádiz a Tokio, pero los chinos no me autorizaban entrar en su país sobre mi pequeño vehículo. Con la esperanza de conseguir un permiso especial, decidí esperar a las puertas de la frontera china, en su vecino país, Nepal.
Casi medio centenar de gestiones hechas por fax, telex, telegramas y otros ingenios de la moderna comunicación, no fueron suficientes para obtener el susodicho permiso, ni tan siquiera contando con el apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores y del mismísimo embajador español en Pekín. Mientras tanto, entre gestiones y gestiones, la vida continuaba en el valle de Katmandú. Siempre a la espera de recibir contestación, aprovechaba los días para conocer este maravilloso país, cuna del "Yeti", el abominable hombre de las nieves. Estaba instalado en el Hotel Mustang, en la zona opuesta al turismo y muy cerca de la Freek Road, la calle que se hizo famosa cuando Nepal era el paraíso de las drogas y los hippies venidos de todo el mundo aquí la compraban y la consumían, hasta que el país se llenó de "yonquis" y el Gobierno tuvo que cambiar las leyes, castigando severamente la tenencia, venta o consumo de todo tipo de drogas.
Ahora, si uno es sorprendido fumando hojas de cannaby, que aquí crece libremente como una plaga por todos lados, puede acabar varios años en la cárcel. Este fue el motivo principal por el que los hippies fueron abandonando el país y, aunque hoy en día aún se pueden ver algunos deambulando por la famosa calle y se siguen vendiendo drogas, solo son secuelas de lo que la calle Freek vivió durante los años setenta.
El viejo Katmandú está repleto de vida y movimiento, sus calles son sinfonías de sonidos, colores y olores exóticos. Los templos hindúes y budistas están por todas partes, hay tantos que hay un dicho popular que dice “En Katmandú no hay muchos templos, Katmandú es todo un templo”.
En este país se respira tranquilidad y mucha tolerancia. Todas las religiones, principalmente el budismo e hinduismo, conviven en paz, lejos del violento fanatismo de algunas zonas en la India. Pasear al atardecer entre la muchedumbre es todo un espectáculo. Es el momento en que los vecinos se suelen reunir en sus templos para cantar cogidos de las manos, acompañados de timbales indios y organillos de viento mientras, las mujeres, ofrecen dulces a cuantos se acercan. Las voces y notas musicales salen de los templos y se mezclan en las calles.
Entre las callejuelas y templos de la ciudad, se respira un aire de tranquilidad y melancolía adornado con la magia que los nepalíes y sus eternas sonrisas saben dar. Una tarde, conocí a un malagueño seguidor de la filosofía budista. Había vivido un tiempo en la Alpujarra granadina en un centro budista de donde salió el conocido "Osel", el niño lama andaluz.
Al ver una moto en pleno Katmandú con matrícula de Cádiz, no pudo caer de su asombro y se acercó a cerciorarse de que, efectivamente, aquella moto venía del mismo rincón del mundo que él. Estuvimos toda la tarde tomando té y terminamos con las manos pringadas tras cenar en un restaurante callejero basándose en arroz con "Dhal Bhal" (Lentejas con Cilantro) al más puro estilo nepalí, es decir, sin cubiertos.
Así fue como conocí la existencia del Monasterio de Kopán, lugar donde él se alojaba y en donde también se encontraba el niño lama. Dos días después, decidí hacerle una visita atraído por el modo de vida de los monjes lamas. El Monasterio de Kopán, se encuentra a unos diez Km de Katmandú, instalado sobre la cima de un gran cerro al cual se accede mediante carriles enfangados y luego, subiendo en espiral hacia el Monasterio desde donde se disfruta de fabulosas vistas de todo el Valle de Katmandú y, en los días claros, el horizonte se adorna de las inmensas moles blancas de la cordillera Himalaya.
Para acceder al Monasterio solo se puede hacer a pie o en todo terreno. El camino está repleto de socavones, grietas y pendientes de esas que los motoristas clasificamos de "échate palante que acabas de espalda en el suelo". Luego había que subir con cuidado desde el pie del cerro hasta su punto mas alto, con mucha precaución para no despeñarse por un precipicio por culpa del fango o las piedras del camino.
Desde luego, ir al Monasterio de Kopán no se parecía en lo más mínimo a una peregrinación a Fátima o Lourdes. Nada mas llegar, pregunté por Tato, el malagueño que, al verme aparecer con los ojos blancos y cara de pocos amigos tras el viajecito, no tardó en acercarse para darme ánimos y enseñarme todas las instalaciones. El monasterio está repleto de jóvenes monjes, sonrientes y juguetones, algunos apenas tienen diez años. Conocí a Osel, sus hermanos y su madre. También conocí al simpático Lama Lundru, máxima autoridad del Monasterio y a otra decena de Lamas, todos rapados y muy alegres, siempre riendo y bromeando entre ellos. Me hacían sentir muy cómodo y relajado, todo lo contrario a lo que creí que me podría ocurrir entre los muros de un monasterio, donde todo debía ser seriedad y rectitud. Que equivocado estaba, pensé cuando un lama bromeando me pegó un cate en el cuello y se echó a reír a carcajadas. Aquél lama, medía casi dos metros de altura y de perímetro podría medir algo mas de metro y medio.
No podría imaginar que con aquél lama me quedaba por pasar una peligrosa aventura en los días venideros. Tuve tan buena impresión que, al enterarme que podría convivir con ellos unos días pagando una módica cifra por la comida y una habitación, decidí volver y quedarme una semana. Tenía mucho interés en conocer a aquellos alegres personajes calvos que tan buenas vibraciones me dieron. Tras hablar con el Lama Lundru, éste me autorizó la estancia y unos días después, volvía a pelearme por la trocha que subía en espiral hacia el Monasterio de Kopán. Esta vez con el saco de dormir y la cámara de fotos a cuesta. Corría el mes de Junio, y como es habitual por estas latitudes, llegaron las lluvias con los Monzones, por lo que a partir de ahora, sobre todo tras el mediodía, la lluvia no pararía hasta bien entrada la noche.
Mientras tanto, la vida en el Monasterio de Kopán discurría con normalidad. Las instalaciones del Monasterio podrían ser como las de cualquier internado, con aulas, aposentos, comedor, cocina, biblioteca, bar (sin bebidas alcohólicas como es natural), etc. También hay dos templos donde se recitan mantras y se celebran otras ceremonias y rituales característicos del budismo. En el Monasterio también viven monjas instaladas en una zona con su propio templo donde realizan sus actividades apartadas de los monjes. Entre los lamas, monjes y algunos nepaleses que trabajan en el mantenimiento, forman un grupo de cien personas que viven de forma continua en el Monasterio. De vez en cuando, para romper un poco la monotonía diaria del templo, aparecían algunos visitantes que, al igual que yo, tras ser autorizados, permanecían un tiempo definido conviviendo con los budistas. Los grupos de visitantes suelen ser numerosos cuando los monjes organizan cursillos de meditación, filosofía o de cualquiera de las técnicas que honran al budismo. La vida en Kopán empieza a las cinco y media de la madrugada, cuando un monje hace sonar una campana como símbolo del inicio de las actividades. Los monjes, siempre sonriente comienzan a salir de sus aposentos. Es el momento del aseo personal. A las seis, otro monje hace sonar un enorme tambor con un gigantesco tronco de madera que cuelga del techo del templo principal sostenido por varias cuerdas. Es el anuncio de la ceremonia de "la puya". Durante una hora, todos los monjes recitan cantando las escrituras de la filosofía budista. Los cantos son impresionantes. En el fondo de los monótonos cantos, se pueden apercibir unos efectos sonoros que dan la sensación como si las voces de los monjes fuesen acompañadas por enormes órganos de viento y trombones. Los tonos de los mantras se esparcen por el Valle de Katmandú, dando un toque mágico al inicio de la jornada mientras la tímida luz del sol se abre camino entre las impresionantes cumbres del techo del mundo. Tras la puya, se sirve el desayuno y comienzan las actividades educativas con clases de Tibetano, Inglés, y filosofía budista, entre otras asignaturas que no distan mucho de cualquier universidad occidental (Matemáticas, geografía, etc.).
Para cualquier familia nepalí, tener un hijo monje supone todo un honor. Cuando los monjes salen de aquí, son considerados como personas sabias y muy cultas. Durante mi corta estancia y a medida que pasaban los días, pude ir haciendo amistades con lamas y monjes, con quienes pude mantener buenas e interesantes conversaciones siempre acompañadas de buen humor, porque todos siempre están muy alegres y nunca pierden la sonrisa.
Una mañana, decidí bajar a Katmandú para ver si había recibido alguna contestación del Gobierno chino aprobando mi solicitud para poder entrar y cruzar su país en moto. Tan pronto como puse la rueda de la moto fuera del Monasterio, pude comprobar que las primeras aguas caídas de los monzones había hecho duplicar la peligrosidad de la trocha de acceso al Monasterio, que ahora para colmo, se veía adornada de charcos y denso fango. La ruedas pronto quedaron perfectamente escondidas bajo el barro tomando el aspecto de gigantescos donuts de chocolate. Las derrapadas y los sustos fueron compañeros de viaje hasta llegar a la carretera asfaltada de acceso a la capital nepalí.
Tan pronto como comprobé no haber recibido nada, regresé a Kopán y justo al dejar el asfalto de nuevo, comenzó una nueva aventura... esta vez acompañado... Junto al embarrado camino, encontré al lama que varios días antes se presentó pegándome un cate en el cuello. Medía casi dos metros de altura y casi seguro que pesaba mas de 130 kilos. Se dirigía andando al Monasterio y al verme me saludó sonriente. Mi corazón pudo mas que la cabeza y le invité a llevarlo en la moto para evitarle el recorrido de mas de cinco km que le quedaba, a lo que sorprendentemente no se negó y sin pensárselo dos veces saltó sobre la moto como si me fuese a escapar y se sentó detrás abrazándome por la cintura tras recoger su túnica sobre sí. Como era tan grande, su trasero ocupaba una parte del asiento y casi todo el portaequipaje. La moto quedó totalmente hundida por detrás. Y en cuanto metí primera... comencé a rodar y a sudar.
Mantener la moto sobre sus dos ruedas y por el lugar que deseaba se convirtió en un verdadero desafío. El sufrimiento al intentar dirigir tanto peso por el sitio correcto y el temor a terminar por el barro se apoderaron de mí mientras sacaba los pies por todos lados intentando mantener la verticalidad. De vez en cuando, podía ver la cara del lama por el espejo y me pareció increíble que en aquellos momentos dramáticos pudiese continuar sonriendo y plenamente relajado mientras yo sufría y luchaba contra los obstáculos de aquel camino de cabras.
Al llegar al pie de la colina donde se hallaba el Monasterio la situación empeoró. Ahora el peligro estaba en la pendiente. La rueda delantera al pisar cualquier saliente o piedra de la ruta, perdía contacto con el suelo y empezaba a flotar en el aire haciéndome pensar que sería adelantada por la rueda trasera. Con la barbilla pegada al manillar, intenté echar todo el peso de mi cuerpo sobre el tren delantero, aunque con el pasajero que llevaba sentado en el portaequipaje aquello no parecía funcionar. El lama seguía derecho, sonriente y abrazado a mi cintura como si nada pasara mientras yo mantenía una batalla campal de posturas y maniobras por mantener la rueda delantera sobre el suelo. En un bache del camino, pensé que nos caeríamos de espalda cuando la moto se puso a hacer un caballito en cámara lenta y durante mas de una decena de metros. No había forma de hacer bajar la rueda.
Afortunadamente, cuando ya me veía de espaldas en el suelo con el lama de colchón, una piedra del camino al chocar con la rueda trasera hizo bajar la delantera violentamente... ¡Vaya pedazo de caballito y... de la que nos libramos!!! Y el lama seguía relajado con su eterna sonrisa, como si aquella situación no tuviese nada que ver con él... Conforme íbamos subiendo, los precipicios ganaban en altura y yo... en acojono. Haciendo juegos malabares y en zig zags pudimos ir avanzando y subiendo por aquella trocha infernal. Milagrosamente llegamos a las puertas del monasterio sin accidente alguno.
La moto tenía todo el motor y las ruedas ocultas bajo el fango al igual que mis botas y piernas. El lama se bajó de la moto tranquilo, con la túnica naranja inmaculada y su capa granate adornada solamente con una pequeña tira de fango sobre su espalda proyectada desde la sufrida rueda trasera de la moto. Yo en cambio estaba hecho polvo, con piernas y brazos doloridos de aguantar tanto peso y de agarrar fuertemente el manillar.
A pesar de intentar disimular lo indisimulable, no debía tener muy buena cara cuando el lama se acercó para darme las gracias e intentar animarme diciendo... "Tranquilo tranquilo. Yo sabía que llegaríamos salvo. Buda estaba con nosotros... ".
"EL ARTE DE PEDERSE EN MOTO".
OCURRIÓ EN FRANCIA, SEPTIEMBRE DE 1.982. CAPITULO I.



Nunca antes había podido disponer de una moto capaz de llevarme a lugares lejanos porque, entre otras cosas, ni la edad ni la economía me lo habían permitido. Acababa de pasar la adolescencia. Parecía que por fin, los tiempos del "macarrerismo" de los 16 años zumbando por carreteras y calles en ciclomotores trucados con tubarros (escapes ilegales debidamente legalizados para su venta) y carburadores que sobresalían por fuera de los chasis de las "49", habían quedado detrás para siempre. Tenía 19 años y un contrato de seis meses como ayudante administra­tivo. Me encontraba a punto de cobrar mi primer sueldo y, por tanto, de comprarme aquella que debía ser mi gran compañera de aventu­ras; "una moto que fuese infa­tigable en la carretera".

Por aquellos entonces , a principio de los ochenta, el mercado de motos estaba muy limitado por leyes que impedían la libre importación de las únicas motos en condiciones de la época, que procedían de Japón, Inglaterra o Italia. El mercado de motos capaces de viajar, no siempre sin problemas, estaba desfasado y prácticamente se podría resumir en dos marcas y modelos: las Ducati Road medio fabricadas y montadas en España (Mototrans) y las conocidas Sanglas 400/500 muy populares al ser las utilizadas por la Guardia Civil de tráfico. Aquella época fue triste para varias marcas españolas que tuvieron que cerrar definitivamente o negociar con los nipones para seguir existiendo. Me hubiese gustado comprar la reina de la carrete­ra que, por aquellos tiempos, era sin dudas la recién creada Sanglas 400Y (motor Yamaha), una moto barata y mecánicamente muy fiable. Pero... llegó el primer sueldo y con él la gran desilusión al comprobar que no había dinero para tanta moto por muchos plazos que tuviese que pagar. A pesar de todo, y fuese como fuese, tenía que com­prarme una gran rutera con motor de cuatro tiempos, para no ir cambiando de medidas de pistón cada dos por tres.

Ante aquel reducido mercado de motos, no tenía mucho donde elegir, así que opté por la que consideré mejor opción y.... no anduve muy equivocado. Aquella moto resultó ser la mejor inversión que jamas hice en mi vida: El 1 de abril de 1.982, a las dos de la tarde me encontraba frente a mi casa tocando el pito de una hermosa Honda CB 125X (125c.c. de 4 tiempos)..."¡¡Viejooo!! ¡¡Vie­jooo!!" (Forma cariñosa de llamar a mi padre) "¡Mira la moto que me he comprado!!"

Hice creer a mi padre que la época del mencionado "maca­rrerismo" era ya parte del pasado y que, aquella moto que sonaba tan bien, seria el seguro que me permitiría ir a traba­jar a diario a la planta Off-shore de Dragados en Puerto Real y comenzar a ser un hombre de provecho, pero. ¡Pobrecito viejo!!. Que equivocado estaba.

En mi mente tenía otros planes... Durante los siguientes cinco meses de contrato prorrogable que me quedaba, me dedi­qué a pagar la moto y a prepararla para largos viajes que, por supuesto, nada tenían que ver con el paseito de 9 km diarios para ir a trabajar al Bajo de la Cabezuela.

En pocos meses la Hondita se convirtió en una pequeña gran moto rutera equipada con carenado integral, maletas laterales y trasera, bolsa sobre-depósito, amortiguadores Marzzocchi hidráulicos de última generación, portaequipaje... Al mismo tiempo, me las fui apañando para ir compran­do, poco a poco, una serie de herramientas y recambios que consideré imprescindibles para todo aquel que quiera vagabun­dear por las profundidades de las carreteras con cierta tran­quilidad. No hace falta decir que el rodaje y unos miles de Km más, estaban hechos en menos de un mes. Y así fue como llegué al final de Agosto...

"Viejo, que no renuevo el contrato y me voy a Inglaterra en la moto y.... "

Aquella noche nadie pegó ojo en casa. Aunque parezca sorprendente, lo de no renovar el contrato o lo de irme a Inglaterra en la moto, no fue lo que más le preocupó a mi padre, sino los planes que tenía de no volver para hacer la "mili" en marzo, que era cuando me tocaba por mi quinta y, para colmo, 18 meses por Marina... El principal argu­men­to de aquel viaje no era otro que el de conseguir el título de "prófugo", al no haber podido obtener anteriormente el de "Objetor de Conciencia" por no pertenecer legalmente a la iglesia de los Testigos de Jehová, que entonces, eran los únicos que podían obtenerlo. Vivía en un país demo­crá­tico y como tal, se me permitía elegir libremente entre hacer la mili, hacerme extranjero o ir a la cárcel. Con mis 19 años encima y con las ganas de vivir de esta edad, opté por la segunda. La Hondita no tendría proble­mas para llevarme a Inglaterra, donde me esperaban unos buenos amigos. De esta forma, tras varias noches de insom­nios, presiones psicológicas y chillidos, mi primera gran aventura empezaba....

CADIZ - LONDRES

Todo había sido minuciosamente estudiado. La noche ante­rior la moto quedó ya cargada y lista en el garaje de mi amigo Andrés, en otros tiempos, escenario de preparaciones clandes­tinas de ciclomotores voladores y de caballadas salvajes (de caballitos; acción de levantar la rueda delantera de una moto o bicicleta con intención de disfrutar de la sensación de ser catapultado hacia delante o, en caso de tener público, para llamar la atención, destacar o presentarse uno solo). Todo estaba ya listo. A la mañana siguiente solo tuve que madrugar, escuchar el último griterío frustrado de la familia, y marchar andando hacia el garaje de Andrés, donde tras un “Ten cuidao en Francia” y un "¡Hasta luego picha!" el Cádiz-Londres comenzaba a formar parte de la realidad.

Me imagino que el hecho de haber pagado y equipado la moto entera en seis meses, y de haber salido medio peleado con mi familia, fueron motivos suficiente para que partiera de Cádiz con quince mil pesetas en el bolsillo, y otras veinte mil entre francos y libras. Era todo el capital del que dispo­nía para llevar a buen fin toda la empresa. Ante esta situación, me vi obligado a preparar un plan económico de ahorro que denominé "El Plan Buitre", y que, en términos resumidos, consistía en comer a base de bocadillos, evitar restaurantes y autopistas, y sobre todo, en pasar por Francia al igual que lo haría Valentino Rossi por la recta del Paúl Ricard, es decir, como un ener­gúme­no. En defi­nitiva, como decía el mismo nombre del plan, tenía que bui­trear lo más posible. Por eso la primera noche llegué a Cartagena, a 650 km. de Cádiz, donde vivía una herma­na. La segunda noche, la pasé en Tarragona, a otros 600 km. más al Norte y en donde vivía otro hermano. De esta forma conse­guía cenar, dormir y desayunar estupendamente, y, por supues­to, gratis. Además, al despertar, los sobrinos se encargaban de levantarme aún más el ánimo porque siempre me consideraron como "un tío la mar de enrollado" en contra de sus padres que, al igual que los míos, coincidían en calificarme de "macarra" para arriba.

Fuese como fuese, me encontraba ya en Tarragona, casi a las puertas de Francia, que por entonces, e incluso ahora, era y es uno de los países mas caros de Europa, por no decir del mundo. Aquí el "Plan Buitre" seria de vital importancia para sobrevivir con el capital que llevaba. Así que me aprovisioné de mortadela y chorizo Revilla para preparar unos buenos menú a base de bocadillos en plan remolachero en plena campaña de recogida.

A primeras horas de la mañana, salí de Tarragona. Esta vez sin griteríos y con un abundante desayuno calentito en el cuerpo. La jornada fue cayendo tan rápido como los km. Pasé la frontera por la Junquera y por las carreteras nacionales francesas fui subiendo hacia el Norte sin apenas descanso. El frío fue apoderándose del paisaje y de mi cuerpo. Ya de noche, me encontré helado y muy cansado. Había pasado Lyon y llevaba más de 900 km. recorridos desde que dejé Tarragona. La luz del faro de la 125 a 6 voltios no es precisamente un foco halóge­no para las 24 horas de Le Mans. Consideré peligroso continuar en aquellas condiciones de ceguera, frío y cansancio. Me aparté de la carretera para buscar un lugar refugiado donde poder echarme a dormir en el saco, pero cuando abrí este, comprobé que estaba lleno de boquetes y humedad, y lo que era peor... olía a perros muertos. Llevaba guarda­do sin lavar desde el último camping que hice con los amigos, y de eso hacia mucho tiempo. El frío comenzó a apretar y no tuve mas remedio que hacer el primer gasto extra del viaje, marginando el Plan Buitre y sus normas. Pocos km. más al Norte, logré encontrar una posada, como las del juego de la oca. Por unas 2.000 pts daban cama y desa­yuno, nada mal para aquel país y, sobre todo, nada que objetar ante las condi­ciones en que me encontraba.

A la mañana si­guiente, tras un cafelito tamaño dedal y un pequeño, pero delicioso, pan francés con mantequilla, me despe­día de la "madam" de la posada y del saco de dormir, que quedó abandonado y perfumando la habitación que había ocupado.

Para iniciar el día, cometí un terrible error al no revisar el nivel del acei­te, sin tener en cuenta que el cárter de la Honda solo lleva 900 c.c. de lubricante y la jornada anterior había recorrido más de mil kilómetros sin descanso..... Poco des­pués, 100 Km. al Norte de la posada, cuando exprimía la terce­ra velocidad en una pendien­te, el motor gripó. Tuve la fortuna de reac­cionar rápidamente cogiendo el embrague por lo que evité males peo­res. La moto estaba seca de aceite. Con el motor parado y cuesta abajo, pude llegar a un pueblecito de cuyo nombre no logro olvi­darme; Nolay. Ha­ciendo miles de mojigangas logré hacerme entender y conseguí una lata de aceite de 2 lts de la marca Avia, como los antiguos camiones del reparto de bombonas de butano pero, aceite, al fin y al cabo. La gripada del motor parecía no haber sido muy seria, debía de haber dañado algún segmento, porque aunque la moto seguía tirando bien, cada 200 km era necesario rellenar el aceite que perdía a través de la camisa y el pistón. Este, al pasar a la cámara de combus­tión, se iba quemando y produciendo que la moto fuese humeando un poco.

Logré salir del pueblo con casi el dinero justo para llegar a Calais, donde debía embar­car hacia tierras británicas esa misma noche, y eso quedaba aun bastante lejos. Preci­samen­te por eso mismo, me cabreé muchísimo cuando, si­guiendo las indicaciones hacia la si­guiente ciudad, por error, me vi dentro de una autopista de peaje. Para no volver y perder tiempo buscando de nuevo la nacional, decidí conti­nuar y tomar la primera salida. Y así fue como ocurrió la anécdota que lleva el título de este capítulo. Pero antes, me gustaría aclarar algo, para no herir la sensibilidad del lector, sobre todo de aquel que no leyó bien el titular y entendió "PERDER­SE" en vez de "PEDERSE" (Acción de tirarse un pedo uno mismo, del verbo "peder", en Cádiz, peo de peerse).

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Y resulta que llevaba ya casi una semana padeciendo de estreñimiento por culpa de los nervios del viaje y, posteriormente, por la dieta del “plan buitre” que llevaba a base de bocadillos de mortadela y chorizo. Para colmo los gases intes­tinales empezaron a jugármela y, más que pedos, aquello pare­cía que estaba cagando en spray por el tufo que soltaba. Por otro lado, nada más natural. No es sino una defensa del cuerpo intentando hacer huecos. ¿Quién no se ha sentado nunca a un ladito del asiento de la moto o del coche para dar salida a un pedo? Probablemente nadie.

Para colmo de males, empezó a llover y no tuve mas reme­dio que parar en el arcén de la autopista para ponerme el mono de lluvia que tenía y que, aparte de ser malo, no transpi­ra­ba, por lo que a partir de ahora conforme iba soltando pedos, estos se iban almacenando dentro mientras seguía ha­ciendo km.

Cuando por fin encuentro una salida de la autopista, tuve que parar en el peaje donde un amable "mecier" me recibió con una gentil sonrisa y un delicado "Bonsuá". Y así ocurrió lo que tenía que ocurrir... Al abrir el mono para sacar las pelas, salió un desagradable hedor (mierda concentrada en gas) que nos abofeteó a los dos. El mecier reaccionó con un grito de sor­presa "¡UAAAGHHH! y se encerró dentro de la cabina de un fuerte ventanazo. Por unos segundos pensé que se negaría a coger los Francos que mi temblorosa mano le extendía. La cara de aquel señor parecía que no tenía nada que ver con la que había visto poco antes cuando me recibió sonriendo. Intenté disimular lo indisimulable. El "mecier", sin abrir la ventani­lla y viendo el billete de 20 Francos que tenía en mi mano, preparó el cambio y con una exagerada rapidez, me quitó el dinero y el ticket de la autopista, dejándome la vuelta sin apenas tiempo para volver a cerrar la ventanilla diciendo... "­¡orguá!¡orguá!". Aproveché para salir pitando, esta vez, con el mono entrea­bierto y con la cara como un tomate.

Poco después, y ya de noche, embarcaba en el ferry que me llevaría a Dover cruzando el Canal de la Mancha. Había conse­guido llegar a Inglaterra y aún me sobraron unas libras. El tanque de gasolina estaba semi lleno y mis amigos me esperaban. Ya no tenía problemas. Mi única preocupación ahora seria encontrar una farmacia de guardia abierta donde poder comprar un buen laxan­te.
OCURRIO EN LA PATAGONIA Y TIERRA DEL FUEGO,
NERO DE 1.990. CAPITULO IV VIAJAR CON UN GAFADO
Cuando se atraviesa Sudamérica bajando desde Venezuela hasta la Tierra del Fuego, el viajero se encuentra ante todo tipo de paisajes y climas. Y es que, desde el paralelo 10° en el hemisferio Norte, hasta el 55° del Sur, a unos escasos 1.500 km de las primeras tierras heladas de la Antártida, existen enormes extensiones que representan todo un desafío a cuantos se atreven a penetrar en ellas; La Gran Sabana, Amazonia, los Andes, Patagonia.......
Unos trescientos km al Sur de Bahía Blanca, se encuentra el Río Negro. Sus aguas riegan las desérticas tierras del inicio de la Patagonia, desde los Andes hasta las azules aguas del Atlántico. A partir de aquí, el viento casi siempre perenne y huracanado se hace compañero inseparable de viaje. El desierto patagónico muestra sus primeros paisajes polvorientos para pasar luego a ser una inmensa planicie poblada por vastas selvas de matorrales y espinos; el paraíso del puma gris. Este animal era el rey de la patagonia. Hoy, por culpa de los cazadores de pieles, esta en peligro de extinción compartiendo suerte con el zorro patagónico.. Por la costa atlántica, se empiezan a ver focas y lobos marinos.
También, con un poco de suerte y si coincide con la época, se pueden divisar cientos de ballenas jugando con sus crías a orillas de la Península de Valdés, lugar de encuentro de biólogos y ecologistas venidos de todas partes del mundo. Si se sigue bajando hacia el Sur, pronto se divisarán los primeros pingüinos, que junto a las focas, suponen la comida predilecta de las orcas que también abundan. En ocasiones, estas ballenas asesinas, invaden la arena de las playas junto a la carretera, para aprovisionarse con alguno de ellos. La rica vida marina, contrasta fuertemente con las áridas y desoladas tierras del desierto patagónico. Las condiciones geográficas y climatológicas de estas tierras son tan extremas que desde la llegada de los primeros españoles fueron muy temidas. Los marineros de la expedición de Magallanes, cuando cometían un falta grave, preferían morir antes que recibir el castigo de ser abandonados por estas tierras de Patagones (nombre con el que los españoles bautizaron a los indios que habitaban el lugar, por ser muy altos y de "largas patas". De ahí vino luego su actual nombre de La Patagonia).
A partir de Comodoro Rivadavia, las distancias se hacen mas larga, el viento aumenta su intensidad y los rastros de civilización desaparecen durante muchas millas. Hay que aprovisionarse bien de combustible y de todo aquello que pueda hacer falta para poder resolver cualquier contratiempo sumergido en la mas absoluta soledad. El frío viento del Oeste, que bajaba de los Andes hacia el Atlántico, se hizo tan violento que las piedras de la carretera sin asfaltar cogían altura volaban, de no ser por las botas de motocross que me protegían no se como hubiese podido acabar. En un alto en el camino, tuve que asegurar bien la moto sobre la pata lateral en una posición en la cual el viento no pudiese tumbarla mientras tomaba unas fotos panorámicas de un gigantesco valle.
Cuando ya recogía el material fotográfico dentro de una de las maletas, pude ver como un motorista fue apareciendo en el horizonte y al verme junto al camino se paró, se presentó y me pidió que le sacase una foto. Se trataba de David, un argentino que viajaba sobre una Suzuki 500 del 77. La había comprado unas semanas antes para hacer el sueño de su vida; recorrer la distancia existente entre Buenos Aires, su ciudad, hasta Ushuaia, la punta mas al Sur del continente americano, en la Tierra del Fuego. Como íbamos en la misma dirección decidimos viajar juntos unos días hasta llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo y más cercana de la Antártida, está mucho más al Sur incluso que Australia.
Me pareció buena persona y creí que sería buena idea para cambiar un poco, salir de la soledad y para dejar de hablar tanto tiempo conmigo mismo, por un lado algo muy placentero, pero si se abusa durante mucho tiempo, se puede terminar hablando solo y en voz alta por cualquier lugar poblado, y eso ya se aproxima a principio de locura o... "síndrome del motorista estepario ...".
No podía imaginar las vivencias que me esperaban por pasar con David. Tan solo en unas tres horas de viaje tuvimos que parar cuatro o cinco veces por problemas mecánicos de la vieja Suzuki, o por cosas que le sucedían siempre al argentino. Empecé a preguntarme si estaba viajando con un "gafado". Al día siguiente tuve que reconocer que, efectivamente, estaba viajando con un "gafado"..... y es que no conocía explicación científica alguna para poder calificar aquél fenómeno paranormal. Porque... aquello no podía ser normal. Comenzamos a rodar juntos manteniendo una fuerte lucha contra el viento huracanado, con las motos inclinadas. A los pocos km, pude ver como del bolsillo de David se cayó algo que rápidamente al impactar contra el asfalto, se desintegró en miles de pedazos. Hice sonar el pito de la moto para que parase, pero con el ruidazo del viento con el casco integral puesto, no me oyó y siguió hasta perderse en la lejanía mientras yo, ya parado, intentaba identificar el objeto desintegrado, como si de un rompecabezas se tratase. Era la cámara de fotos con la que poco antes le había fotografiado. Continué la marcha hasta encontrarlo viniendo en dirección contraria. Se cabreó bastante al comprobar que ya no podría seguir haciendo fotos.
Una media hora después volví a ver como otro objeto salía despedido de su bolsillo, esta vez, tras media hora buscando por el arcén, comprobamos que era un carrete de fotos usado, y además, ahora velado al haber perdido su tapa y quedar expuesto a la luz.....
Antes de llegar a Río Gallegos, David se vuelve a parar; la Suzuki que se niega a arrancar. Al mirar en el tanque de gasolina comprobamos que estaba vacío. "No puedo entender como es posible, si hace solo 150 km que lo llené .....". La explicación de aquél fenómeno era más que lógica, luchando contra el viento y con el motor siempre frio, el consumo se había disparado casi al doble. De nuevo estábamos parado en la carretera. Le pasé unos litros del tanque de mi Cagiva y continuamos viaje hasta llegar por fin a Río Gallegos, una pequeña población muy importante por ser una de las escasas establecidas por aquí, quizás el único punto en muchos km a la redonda donde se pueden buscar provisiones.
Encontramos un buen alojamiento bastante barato y limpio. Tras cenar en un restaurante italiano, las desventuras del día pronto se olvidaron. A partir de Río Gallegos el asfalto vuelve a desaparecer y la ruta se convierte en un pedregal inestable y repleto de los temibles "toulet ondulé", unas ondulaciones tan perfectas y seguidas que parece como si se circulase sobre un tejado de uralita. Al entrar en ellos, la moto comienza a vibrar como una Harley a 10.000 r.p.m., haciendo que se aflojen tornillos de la moto e incluso si uno se descuida, hasta los empastes de las muelas.
Para poder afrontar la siguiente jornada que se presentaba dura, decidimos madrugar para aprovechar la luz del día al máximo. Así que pronto nos marchamos a dormir. Estábamos hechos polvo tras permanecer el día entero luchando contra el viento y contra las desgracias de David. Aquella mañana todo parecía perfecto tras dormir como troncos, pegarnos una reconfortante ducha caliente y desayunar por todo lo alto con cafelito del bueno con pequeños croasanes, conocidos en Argentina como "medialunas". Pero tan pronto como nos dirigimos a las motos, empezaron de nuevo los problemas; la Suzuki se había quedado sin batería. Al comprobar su estado, parecía increíble que el día anterior hubiese funcionado; tenía todos los vasos sin agua y las placas todas fundidas y sulfatadas... como la moto era muy pesada y no tenía pata de arranque, decidió comprarle una nueva batería en un taller que no abrió hasta las diez de la mañana, así que el madrugón no sirvió para nada.
A las 11 conseguimos salir y pronto nos pusimos a vibrar sobre las motos por aquella endemoniada pista. El viento para colmo seguía tan fuerte como el día anterior. Era tan fuerte que las piedras y gravillas del camino seguían volando hacia el Atlántico. Constantemente íbamos recibiendo pedradas en las motos y en las botas. Las motos con los "toulet ondulé" se iban de un lado para otro. La Cagiva, una buena moto trail con una suspensión que se lo tragaban todo, no lo llevaba tan mal, pero la Suzi y David eran otra cosa ...... la única forma de mantener la verticalidad era sacando los pies de un lado para otro y aguantando el manillar fuertemente.
La ruta llevaba en ambos lados infinitos cercados de postes y alambres que marcan las propiedades de los terratenientes del lugar. Algunas haciendas son más grandes que algunas provincias españolas. Dejé que David se perdiera en el horizonte por un rato, quizás para relajarme un poco y disfrutar del desolado paisaje. Iba sumergido en los pensamientos, pensando que en esta ruta argentina que va hacia la Tierra del Fuego, uno se siente encerrado con tanto cercado a los lados a pesar de tantas extensiones cuando... de repente, me encontré de frente con un guanáco, un animal muy parecido a la llama pero de pelo corto, familia del camello africano. El animal al verme de frente y encerrado entre las vallas, dio la vuelta y se puso a correr delante de la moto y en mi misma dirección. Que espectáculo tan impresionante. Quise ver cuanto corría y me quedé sorprendido al ver 70 km/h. En el marcador de la moto. A esta velocidad me fui acercando a David con el guanaco delante. Pensé que se quedaría sorprendido al ver como era adelantado por un inmenso animal, pero cuando esto iba a ocurrir, de pronto un fuerte estruendo como si de un trueno se tratase invadió todo el espacio sonoro. Yo pegué un respingo y me aferré al manillar sin saber que pasaba. El guanaco que ya venia acorralado, al oír esa explosión, no se lo pensó y tal como iba, pegó un salto sobre la valla y se perdió en el desierto, dejándose parte de la piel en la alambrada.
Rápidamente paramos. El escape de la Suzuki se había salido y David ni se enteró de la historia del guanaco que venía por detrás. Ni me molesté en contarle nada porque seguro que no me creería y, además, con las desgracias no estaba para historias de persecuciones de guanacos ni nada por el estilo.
Un poco antes de llegar a la frontera con Chile, a la Suzuki se le cae el faro delantero. Había perdido los tornillos que lo sujetaban pero afortunadamente no se partió. Media hora después, con el faro atado con alambres continuamos hasta llegar a la frontera. Estábamos muy cerca ya del estrecho de Magallanes, pero antes, otra parada. Esta vez, uno de los espejos de la Suzuki se cayó y el otro estaba colgando a punto de seguir la misma suerte. Un apretón y por fin el estrecho y la suerte de encontrar una transbordadora a punto de salir, y además, gratis ..."Las motos no pagan aquí..."
A pesar del fuerte viento y del oleaje que adornaba el paisaje, la barcaza salió cargada de vehículos y pasajeros que llevaban toda la tarde esperando. Pronto las olas empezaron a balancearnos de un lado para otro y los vómitos del personal de a bordo comenzó a cubrir parte de la cubierta .... vaya porquería, el olor ácido superó al de la brisa del mar.
Por fin ya estábamos en la isla de Tierra del Fuego. El paisaje aquí cambió radicálmente, pasando del desierto polvoriento a grandes mesetas repletas de verdes hierbas y millones de corderos que al oír el sonido de las motos, se limitaban a correr mostrándonos sus traseros. Parecía mentira pero llevábamos ya una hora rodando y no ocurría desgracia alguna. Nada mas tener aquellos pensamientos, David empieza a derrapar de un lado para otro y por poco no termina por los suelos. Esta vez es la rueda trasera pinchada. Como había empezado a llover, decidí pasarle uno de los dos spray reparadores de pinchazos que llevaba solo para usar en caso de emergencias. Si las condiciones climáticas lo permitían, prefería reparar manualmente, pero claro, con el tiempo que llevábamos perdido y encima con la lluvia, no tuve mucho que pensar. El pinchazo parecía haber quedado solucionado. Tras volver a cargar la moto, continuamos y al poco volvimos a parar. La moto seguía pinchada. Una hora después, tras desmontar y reparar la rueda, continuábamos la marcha, esta vez chorreando tras recibir una buena lluvia.
Al poco David decide parar para sacar unas fotos con su nueva cámara que compró en Río Gallegos. Al terminar la operación, de nuevo la Suzuki impone su ley, el motor de arranque no va. Lo único bueno que parecía tener la moto era la compresión del motor, porque empujándola sobre la pista, no había forma de hacer girar la rueda ni en tercera, ni en cuarta ni nada. Intentar arrancar aquella moto dinosaurio a empujones, era todo un peligro. Al soltar el embrague la rueda trasera se bloqueaba y la moto se iba de un lado para otro derrapando. Tras varios sustos y un par de caídas, el motor comenzó a ronronear. Ahora la dificultad estaba en continuar sin freno delantero al haber partido la bomba y maneta en una de las caídas.
Seguimos viajando juntos acompañado siempre de las desgracias de David y su moto. Tres días mas tarde, y no se como, llegamos a Ushuaia. El trayecto que hicimos juntos fue de unos mil km y para ello empleamos casi cinco días en vez de tres, que era lo normal. Así que cuando hablamos del regreso, no tuve mas remedio que saltar con un ..."David, eres un tío cojonudo y ha sido todo una experiencia viajar contigo, pero creo que voy a continuar solo y por otra ruta aún más dura". David pareció comprender la situación, su moto necesitaba una seria puesta a punto aunque lo más lógico sería mandarla a un desguase.
Un par de días después, ya con la Cagiva cargada y lista para salir, me despedí de David que estaba muy contento al haber conseguido un camión para regresar a Buenos Aires con la moto cargada... Tomé rumbo Norte por una ruta distinta, más solitaria y empedrada que la anterior. Mientras recorría los Andes, en busca de un paso abierto hacia la frontera chilena, unos inevitables pensamientos me vinieron a la cabeza... "¡Pobre camionero, no sabe lo que le espera...!!".

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